Diciembre 26, 2008
japón oeste // día 4
Hacía algo de frío por la mañana. El suficiente como para desechar la idea de un baño purificador en la cascada sintoista del camping. Al menos la noche anterior había comprado el desayuno, y disfruté de con los primeros rayos de sol filtrándose por entre unos temblorosos árboles rociados por la humedad de la cascada. Tras tal bucólico despertar, recogí el campamento y me dirigí al cercano templo de Sanbutsuji.

Preciosa cascada a 10 metros de mi tienda
El templo de Sanbutsuji, de la secta budista de Tendai, se encuentra en el Monte Mitoku, casi en la frontera entre la provincia de Tottori y Okayama. Aunque el origen de este templo es incierto, la leyenda lo atribuye a un hecho acontecido en el año 706. Se cuenta que Ennogyouja, un monje peregrino que se encontraba meditando en las montañas Katuragi de Nara, lanzó tres petalos de flor de loto al aire para que le indicasen lugares sagrados budistas. Uno de los pétalos cayó en la montaña de Yoshino, en Nara; otro en la montaña de Ishizuchi, en Ehime (Shikoku), y el último en el monte Mitoku. Ennogyouja viajó hasta el monte Mitoku, y construyó un templo en la falda de la montaña. Una vez acabado, lo levantó y lo incrustó en la montaña. De ahí que el templo de la cima, verdaderamente mágicamente "incustrado", se conozca como Nageiredou (templo lanzado). Más tarde, el monje budista Jikaku-taishi Ennin consagró la montaña a los budas Shakyamuni, Amida y Dainichi Nyorai, dándose el lugar a conocer como el "templo de los tres budas" (Sanbutsuji).

Sandalias de escalada
A la entrada del templo un monje comprobó que llevaba el calzado adecuado, ya que en caso contrario por 500 yen podías alquilar unas botas de trekking sandalias de paja adecuadas para la escalada. Después tuve que registrar la hora de entrada a la montaña, y el amable monje me advirtió que no debía de olvidar firmar a la salida, porque si no tenían que mandar a los servicios de rescate. A estas alturas ya empezaba a arrepentirme de haber venido a esta montaña, aunque para tranquilizarme el monje me dió una banda amuleto para protegerme de los peligros de la escalada.

Una cadena era la única ayuda para la escalada
Con escepticismo entré en el recinto sagrado pensando en lo exagerados que son estos japoneses; los mismos que para ascender el Fuji en verano se equipan como una expedición al K-2. ¡Qué equivocado estaba! La primera prueba era un pared de roca de 70 grados y unos 10 metros, con una cadena como única ayuda a la ascensión. Esa sería la constante. Paredes de roca, cuerdas, cadenas, y la sensación de estar ascendiendo a un verdadero templo de ascetas. Por el camino, pequeños templetes suspendidos sobre pilares de madera ofrecían un respiro al peregrino, y unas maravillosas vistas del valle. El compañerismo surgía espontáneamente entre los escaladores, y todos se ofrecían a ayudar a aquellos con más dificultades, incluidos algunos ancianos que subían por fe, y por empuje. Cuando por fin llegué al último templo, literalmente suspendido en una oquedad de la montaña, un sentimiento de gozo me invadió. Por supuesto el sufrimiento de la ascensión contribuye a la alegría, pero también el hecho de encontrarse ante uno de los más bellos templos de Japón. Un monumento que te quita el aliento, y que afortunadamente todavía no figura en las guías de viaje, aunque si hiciesen escaleras o un funicular (Shakyamuni y compañía no lo quieran) seguro que rápidamente se llenaría de autobuses y tiendas de recuerdos.

Impresionante
Contento y todavía embargado por la belleza, bajé ligero la montaña, rebajando a casi la mitad el tiempo estimado de 3 horas de caminata. Algo cansado por el esfuerzo, me senté con placer en la moto, dispuesto a dejarme llevar por carreteras locales entre montañas, y por una larga autopista que paralela a la costa, atravesaba campos de arroz y molinos de viento. Casi sin darme cuenta, el monte Daisen empezaba a perfilarse a lo lejos como si de una pequeña réplica del Fuji se tratase. La cercanía del monte sólo significaba una cosa: me encontraba cerca del museo de fotografía Shoji Ueda. Cuando tras subir una pequeña montaña por fin llegué al recinto del museo, me sorprendió encontrarme ante un parking vacío. Cuando me acerqué a la entrada mis temores se confirmaron: debido a la festividad de Golden Week, el horario habitual del museo había sufrido algunos cambios, y el día de hoy estaba cerrado. Maldiciendo mi mala suerte decidí no perder más tiempo y continuar el viaje, mientras mentalmente iba dibujando una nueva ruta que me trajera de vuelta.
En cuanto dejé atrás la prefectura de Tottori para pasar a la de Shimane, el creciente tráfico me recordó que me acercaba a un núcleo urbano importante: Matsue. La verdad es que al principio del viaje me había prometido el evitar los grandes centros urbanos en lo posible, aunque en Matsue había un monumento que quería visitar: la casa donde residió Lafcadio Hearn, restaurada y convertida en Museo.
La ciudad de Matsue descansa al lado del lago Shinji. Esta cercanía y el hecho de que es cruzada por varios ríos la confieren a veces la sensación de ser una pequeña isla rodeada de extensiones de agua interminables. Los accesos están bien señalizados, y el ambiente me pareció similar al de Kanazawa o Mito, aunque como sucede con todas las ciudades japonesas, la uniformidad se impone. El centro histórico esta muy bien conservado y preparado para el turismo. Tanto, que al llegar al parking del castillo, un amable voluntario octogenario me guió hasta el aparcamiento gratuito para motos situado en el interior del perímetro. Un lujo que no me terminaba de creer.
El castillo de Matsue, construido en 1611 es de los pocos castillos japoneses que no ha sido reconstruido de sus cenizas. Llama la atención que sea de color negro y no blanco, en parte por sus paredes cubiertas de madera. Junto al castillo, antiguos edificios Meiji intentan competir sin éxito con la sobriedad de un castillo que sigue siendo el principal reclamo de la ciudad. Paseando entre los cuidados jardines de alrededor del castillo atravesé un foso navegable surcado por pequeñas embarcaciones llenas de turistas, y me adentré en el conocido como "distrito de los samurai". Casas restauradas de antiguos samurai rodean al castillo reteniendo parte de la atmósfera de la época, y dando belleza al conjunto. Normalmente los castillos japoneses se encuentran aislados entre autopistas y edificios de hormigón, por lo que se hace raro poder pasear entre antiguas calles con el castillo de fondo como impasible guardián de la ciudad. Una de estas antiguas casas de samurai es donde vivió Lafcadio Hearn en 1890 cuando por primera vez llegó a Japón y fue contratado como profesor de inglés por la prefectura de Shimane. Sus quince meses en Matsue determinarían su percepción de Japón, y su vida: conoció a su mujer, Koizumi Setsu -proveniente de una de las casas de samurai cercanas, y se naturalizó japonés adoptando el nombre de Koizumi Yakumo, nombre por el que hoy en día todavía se le reconoce en Japón. La casa hoy en día es un museo que contiene objetos personales del escritor donados por su familia, así como fotos, libros, y un interesante árbol genealógico que muestra su descendencia hasta la actualidad.

Entrada a la casa-museo de Lafcadio Hearn
Muy cerca de la casa de Lafcadio, en otra antigua residencia de samurai, encontré un restaurante con un bello jardín interior en donde descansé del largo día, probando la especialidad local: kamonasoba (sopa de fideos con pato). Tras la deliciosa comida, y arrullado por la fresca brisa del jardín y los sonidos del fuurin (pequeña campana mecida por el viento), tuve la tentación de tirarme en el tatami y reivindicar una patria tradición: la siesta. Sin embargo el tiempo apremiaba, y debía de llegar a Izumo antes de las 17h.
Siguiendo la carretera 431 fui bordeando el gran lago Shinji, que algo embravecido se asemejaba más al mar que a un lago de agua dulce. El santuario de Izumo (Izumo Taisha) no se encuentra muy lejos de Matsue, y se tardaría poco en llegar si no fuera por el intenso tráfico de visitantes que venidos de todo Japón acudan a visitar este sagrado recinto. Y no acuden sólo por devoción religiosa hacia el que es el segundo santuario sintoista más importante de todo Japón. Acuden también por superstición todos aquellos solteros a la búsqueda de pareja. Y es que el templo está levantado, además de a los miles de dioses (kami) que conforman el sintoismo, al dios Okuninushi no Mikoto, algo así como el dios del matrimonio. Por eso, a la hora de rezar y llamar al santo, en vez de las dos palmadas tradicionales, en Izumo Taisha se dan cuatro: dos de tu parte, y dos de tu futura pareja. Con semejante leyenda no es de extrañar que este santuario sea considerado el santuario del amor, y que cada año miles de jovencitas japonesas en edad de merecer viajen hasta este templo con la ilusión de encontrar un buen marido. Aunque me decepcionó no encontrar autobuses llenos de mujeres desesperadas por casarse, casualmente me encontré a un fortuito compañero de escalada que me acompañó durante la subida al templo de Sanbutsuji, y con el que departí animadamente sobre mis aventuras y las suyas, ya que al igual que yo, solitariamente había emprendido su periplo por Japón desde Yamaguchi.

Templo de Izumo
Feliz por constatar que después de un par de días sin hablar todavía era capaz de articular sonidos, seguí mi solitario camino hacia el sur, hacia las minas de plata de Iwami. Aunque ya estaba atardeciendo, todavía quedaba algo de luz, por lo que opté por seguir la carretera 9, que bordeando el mar de Japón, ofrecía la perspectiva de un bonito atardecer. Volando entre acantilados y colinas, llegué al camping que me había fijado como destino. A la hora de elegir un lugar para acampar sólo tengo una premisa: que haya un balneario de aguas termales (onsen) cerca. Con eso en mente llegué al camping situado en Okidomari, cercano a las aguas termales del pueblo costero de Yunotsu.
Si el pueblo de Yunotsu está resguardado por una pequeña bahía, Okidomari es el pequeño cabo que sobresale. Una pequeña elevación que termina en una cala abierta al mar, en donde una zona de acampada gratuita comparte espacio con un merendero con barbacoas, y un edificio usado en verano como escuela de submarinismo. Se me hizo raro llegar a un sitio de acampada con luz natural, y no en plena noche cerrada como los últimos días. Dos tiendas y dos motos ya habían sido montadas, y mientras un japonés se afanaba en intentar encender un fuego, otro probaba suerte con la caña de pescar en la cercana playa. Feliz por disponer de toda la tarde libre, monté la tienda de campaña y me acomodé entre unas piedras de la rocosa cala para ver el atardecer. Acompañado por algunos ancianos parroquianos, todos en silencio observamos como el sol se iba hundiendo lentamente en el mar de Japón, para inmediatamente después, dispersarnos con una sonrisa y una plácida sensación que se vio interrumpida por los gritos de triunfo del motero que sacaba un enorme pez para la cena.
Dispuesto a tomarme una tarde de solaz sosiego, me dirigí al cercano pueblo de Yunotsu. Cuando había pasado por primera vez buscando el camping, pensé que me encontraba en el típico pueblo de pescadores, pero cuando en esta segunda pasada encontré la calle principal, me llevé una grata sorpresa. En una estrecha calle perpendicular a la costa, edificios antiguos de la época Meiji (s.XIX) bellamente conservados, acogían pintorescos baños públicos, cafés, restaurantes y ryokan. Fui paseando tranquilamente, acompañado por el sonido de los fuurin y las geta (sandalias de madera) de gente en Yukata cogiendo algo de aire antes de volver a un nuevo infierno de vapor. En un pequeño tronco tallado como un banco, improvisé una merienda y me deleité con la animación de esta estampa del siglo pasado, hasta que el rigo de gente comenzó a disminuir, y los ruidos de platos, palillos, y olores a miso anunciaban la llegada de la cena. Aprovechando la temprana cena japonesa, entré en el famoso onsen de Yakushiyu. Un terremoto en 1872 provocó la subida de las aguas termales hasta la superficie, y con ello la construcción de este edificio como baño público. Con el tiempo sus aguas curativas adquirirían fama, hasta el punto que hoy en día es uno de los 12 baños públicos de todo Japón, distinguido con la categoría 5 (la más alta) por la Asociación Japonesa de Spa y Aguas Termales. Las tres plantas del baño son un ejemplo de conversación y restauración. La primera alberga los baños, la segunda un pequeño café-galería de arte, y la última una terraza con bellas vistas de Yunotsu. Lo ostentoso de las estancias de aire art deco contrasta con la austeridad de la zona de baño. Como si el baño hubiese sido excavado en la roca, las aguas desprenden un particular aroma fruto quizás de su alto contenido calcio, sodio y cloratos, que dan además un sabor especialmente salado al agua. Compartiendo aguas con ancianos y curtidos hombres de mar, me relajé de un agotador día que había empezado temprano con una ascensión que ahora se me antojaba lejana.

Calles de Yunotsu y onsen de Yakushiyu
Después del baño, y tras descansar un rato en la terraza, me dirigí al único restaurante abierto a "estas horas" (las 21h) según la encargada del onsen. Había decidido en esta tarde de relax que por la noche me daría un homenaje, y dejaría la frugal comida de campaña. El único sitio abierto no podía haber sido mejor. Como si estuviera fuera de lugar, un moderno restaurante de comida japonesa decorado al estilo minimalista que se impone en Tokio, era la única luz visible en la ahora casi en penumbras calle. El restaurante estaba animado con gente tomando una copa, café o incluso había algún otro despistado como yo al que se le había pasado la hora de la cena. Aunque no había especialidades locales para degustar, comí un tonkatsu (filete de cerdo empanado) que me supo a gloria, y tras charlar animadamente con la camarera y anotar todas sus sugerencias turísticas, me dirigí de vuelta a mi tienda.
Mis compañeros de acampada apuraban los últimos rescoldos del fuego, y los últimos trozos de un pez limón (en japonés buri, especie muy común) hecho a la parrilla. Al verme llegar me ofrecieron compartir con ellos su captura, y aunque ya había cenado, no pude decir no ante la oportunidad de un resopo con buena compañía bajo las estrellas, y animado por cigarras compitiendo en melodías con el mar.
Tiempo de viaje: 11h
Alojamiento: 0 yen
Diciembre 05, 2008
vuelta a Miyakejima
Algo más de tres años han pasado desde el realojo de Miyakejima, y pese a las advertencias de las autoridades de que hay que llevar máscara de gas en caso de emergencia, y de que no se puede acampar, muchos son los turistas que se animan a visitar la isla atraídos ya no sólo por su litoral apenas explotado, ni por los delfines que campan a sus anchas cercanos a Mikurejima; también por la curiosidad de ver una isla que por cuatro años estuvo deshabitada.

La vida se abre camino entre las rocas volcánicas
A medida que el ferry nocturno desde Tokio se va acercando a Miyakejima, los contornos de la isla se van dibujando en una neblina que no se sabe si es fruto del amanecer, o de algún nuevo escape de gas. Cuando por fin el barco está entrando al puerto, la primera imagen que reciben los turistas es desoladora: Cientos de árboles desnudos y blanquecinos, petrificados en un rictus de muerte, conforman un cementerio en la ladera del volcán que poco tiene que envidiar al famoso cementerio de lápidas blancas de Arlington. En el muelle, varias furgonetas desperdigas esperan a unos turistas que miran con resignación a los compañeros de fiesta de un barco, que sigue su ruta hacia Hachiojima, isla de surferos que ante el panorama que se vislumbra suena a paraíso. Apremiados por las prisas de los conductores, los turistas apenas tienen tiempo de darse cuenta que el barco ya ha partido y que irremediablemente tienen que quedarse.

Escuela comida por la lava
Afortunadamente, el panorama de desolación va cambiando gradualmente a medida que se va al norte de la isla. Con los primeros signos de vegetación, aparecen también las primeras casas, y los primeros edificios que por suerte, no muestran signo alguna de abandono. La isla, frecuentada principalmente por submarinistas, pescadores, y turistas deseosos de bañarse con delfines, tiene ese aire de isla tropical al modo de Okinawa, pero influenciada a la vez por esa especial atmósfera que tienen las islas de Tokio. El único alojamiento posible son las pensiones desperdigadas por toda la costa, en donde sus dueños, hablan sin pudor sobre el exilio en Tokio, y sobre la alegría que supone reencontrarse en la isla durante la época estival. Y es que muchos optaron por fijar su residencia y su familia en Tokio, aunque luego vuelvan en verano a llevar el negocio familiar.

Faro de Izu Misaki
Es en esta época de verano cuando la isla vive sus dos momentos más importantes del año: el festival (matsuri) de Gozutenno (deidad india Gavagriva), y el WeRide, una concentración motera creada para reactivar el turismo, con aspiraciones de convertirse en el equivalente japonés de la la isla de Mann. Con la llegada del matsuri a mediados de Julio, muchos de los antiguos habitantes de la isla ahora instalados en Tokio, o familiares de los que todavían persisten en enfrentarse al volcán, regresan para reencontrarse con sus orígenes, sin importarles que una vez esa misma tierra se rebeló contra sus humanos moradores. La bebida corre gratuitamente durante el festival, hasta que llegadas las 23h lentamente y sin protestar, la gente vuelve a sus casas, a sus pensiones, y a sus vidas de continua lucha y temor. Agradeciendo que un día más, las emanaciones del volcán no hayan alcanzado niveles de toxicidad.
Noviembre 04, 2008
コーヒー
"Me gusta tanto el café, que en los restaurantes siempre pido té"

Así es como se resume mi antigua, aunque no por ello resuelta frustración, sobre lo difícil que es tomarse un buen café en Tokio.
Octubre 10, 2008
japón oeste // día 3
Me despertó un rugido de motores. A la luz de la mañana comprobé que efectivamente el camping estaba al lado del mar, en plena bahía de Miyazu. Sus tranquilas aguas eran surcadas por pequeños veleros, y por potentes lanchas rápidas que salían de un embarcadero adyacente al camping. A la izquierda se distinguía una playa entre pinos sin construcciones que llamaba la atención en una bahía poblada de hormigón. ¿Sería el famoso brazo de de Amanohashidate?

Amanohashidate desde el mirador
En cinco minutos llegué hasta el telesilla por el que se accedía al mejor mirador de Amanohashidate. Mientras subía pude comprobar que efectivamente ese brazo de arena y pinos que separaba la bahía de Miyazu era el famoso paisaje conocido como hakusha seisho (arenas blancas y verdes árboles). Famoso porque es uno de los tres más famosos paisajes de Japón (Nihon sankei), un centenario ranking que comparte con la isla de Miyajima en Hiroshima, y el conjunto de islas de Matsushima en Sendai. Amanohashidate se traduce como "las puertas del cielo", y dice la leyenda que si dando la espalda lo miras agachado entre tus piernas, serás capaz de ver las puertas al cielo. Todo el mundo en el mirador, independientemente de su edad, intentaba vislumbrar la entrada al cielo.
Se ve que no son muchos los turistas extranjeros que visitan Amanohashidate, ya que los ancianos guardas del parking incumplieron la regla de oro del timador profesional: "No vayas jactándote de tu timo con tu amigo, el guiri puede hablar tu idioma". Dejé a los guardias blancos de ira, y me dirigí al brazo de arena con la intención de atravesarlo. Por suerte no fue necesario infringir la ley, ya que aunque cortado al tráfico, bicicletas y motos de menos de 125cc pueden atravesar sus algo más de tres kilómetros de arena y pinos. Tranquilamente fui recorriendo el camino de tierra, parándome ocasionalmente a contemplar el paisaje.

La senda de las puertas del cielo
Desde Amanohashidate atravesé una montañosa zona para llegar a Kinosaki Onsen, en la prefectura de Hyogo, un pequeño pueblo junto al río Murayama famoso por sus aguas termales. La zona de onsen se concentra en torno a un tranquilo canal flanqueado por árboles, bancos donde sentarse, y antiguos comercios y tiendas de souvenirs que te trasladan a eas épocas nostálgicas de un Japón recién salido de posguerra. Remojé mis pies en las aguas termales, y tras el descanso, continué mi camino en dirección a la prefectura de Tottori.

Viaje al pasado: Kinosaki onsen
Atravesando una carretera flanqueda por aerogeneradores mecidos al son de la brisa del mar de Japón, me preguntaba cuando la vegetación empezaría a disminuir para dejar paso al famoso desierto de dunas de Tottori. La verdad es que en ningún momento cambio la típica frondosa vegetación japonesa, y sólo cuando llegué al parking del centro de turismo del desierto, percibí realmente que lo que tenía frente a mis ojos no era una playa grande, sino un pequeño desierto de 16 kilómetros de largo y dos de ancho. Acostumbrado al paisaje japonés, el ver esta árida extensión me sorprendió en parte por la novedad del paisaje, la enorme duna en donde la gente se veía como pequeñas hormigas, o quizás porque este fue el lugar en donde Ueda Shoji tomó sus mejores fotografías. El lugar es cada día asaltado por miles de turistas atraídos por la promesa de un paisaje que sin duda es único en todo Japón, convirtiendo este repositorio de arena de playa, en un pequeño parque temático en torno al desierto, en donde hay que pagar hasta por hacer una foto de los camellos que lo recorren.

Imposible llegar a la maestría de Ueda Shoji
Contento por dejar atrás la marabunta turística, pasé por la laguna de Koyama y me dirigí al corazón de la prefectura de Tottori. Ya era tarde para intentar la subida al templo Mitokusan Sanbutsuji, por lo que me localicé un camping en los alrededores y me dirigí hasta allí. De camino pasé por el lago Togo, en donde me paré a ver un hermoso atardecer encaramado a una tradicional casa de pescadores. Cuando terminó el reconfortante espectáculo, dí un par de vueltas al lago hasta que por fin logré orientarme y pude localizar un camping escondido en una colina rodeada por campos de arroz. Al llegar al desierto camping por un estrecho camino, me sorprendió encontrarme en un camping gratuito limpio y bien conservado que hasta tenía zona de juego infantil con tirolina incluida. Aunque lo que me sorprendió fue el estruendo proveniente de una cascada al lado del parque. Sin siquiera quitarme el casco me dirigí a la cascada, y pude comprobar que era en realidad un santuario al que se accedía por un pequeño torii (característica puerta de entrada de los templos sintoístas) cubierto de musgo. No me fue difícil encontrar un lugar en donde acampar en este vacío camping, y tras considerar la idea una ablución bajo la cascada sagrada, me decidí por aguas más calientes, y me dirigí a un pequeño pueblo llamado Hawai-onsen. El nombre no es casual, ya que la provincia en donde me encontraba (Yurihama) está hermanada con Hawai. Aunque se ve que la relación no es tan próspera como debiera parecer, ya que al lado del lago Toga, una enorme reproducción de la Ciudad Prohibida de Pekin se anuncia como el principal reclamo turístico de la zona. Tras un relajante baño en las aguas termales de un pequeño ryokan, volví a mi tienda a dormir protegido por el estruendo místico de la cascada, y el suave arrullo de unos árboles que apenas dejaban entrever el cielo estrellado.

Caseta de pescadores sobre el lago Togo
Tiempo de viaje: 10h
Alojamiento: 0 yen







